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Fragment Spaans

La rosa y el jabalí

Hasta los elfos y los ángeles venían a ver mi rosal. Llegaban volando sin hacer ruido, los ángeles con sus alas gigantescas cuyo revoloteo levantaba el polvo del suelo y los elfos con sus frágiles alitas membranosas, que zumbaban como insectos. Por ahí pasaban hombres jóvenes a caballo que detenían el paso al vislumbrar el cobertizo, se apeaban y entraban para preguntar si podían coger una rosa. Llevaban zapatos en punta, guerreras cortas o largas, cinturones de cuero duro y cuando llovía una capa con capuchón. Algunos vestían a la moda, otros ni sabían lo que era un sastre y por lo visto ellos mismos habían cosido como pudieron las telas ya hace tiempo deslavazadas de todo color. Cuando uno de estos hombres corteses abordaba a Richenel o a Idelies, rápidamente se retocaban los bucles y decían que le regalaban cuantas pudiese llevar. Mis hermanas, como eran hermosas, daban por hecho que en su vida sucederían cosas interesantes. Los jóvenes les ponían el brazo sobre el hombro, les daban algún golpe en el trasero y les contaban historias.

Pero en cuanto yo salía para cortar una rosa con las tijeras doradas que me había dado mi padre, se paralizaban. Me miraban fijamente y ya no pronunciaban palabra. Yo les entregaba una rosa. La cogían con la mano petrificada y la cara pasmada. Se iban a galope sin dar las gracias siquiera, a mí o a mis atónitas hermanas. Después de semejante escena, Idelies solía soltar una carcajada, gritando: "El pobre ha visto un fantasma." A Richenel no le hacía ninguna gracia. Había alcanzado la edad de merecer y estaba harta de ver a hombres guapos alterarse porque salía yo. A medida que se hacía mayor, más exuberante y más atractiva, parecía que los días que tenía por delante se multiplicaban. Esperaba un milagro. Yo, no. Mirando hacia atrás, yo vivía como una anciana, sin expectación y sin remordimientos, y con la profunda convicción de que un cambio de apariencia nunca podría ser un cambio interesante. Entonces, cuando volvía a entrar a la cocina, el viejo loro ronco de Idelies chillaba desde su jaula: "¡Hu, un fantasma! ¡Hu, un fantasma!"

A veces alguno de estos hombres volvía, sobre todo en otoño, cuando empezaba a roerles la soledad. Uno de ellos fingía estar gravemente enfermo. Entró en la cocina renqueando, pidiendo que le dejáramos descansar un rato bajo nuestro techo. Yo estaba en el desván y miraba por una rendija en el suelo para ver de dónde venía esa jadeante voz de hombre agotado. Le reconocí al instante. Hace meses se había presentado a mis hermanas como Tiras, de profesión tallista de flautas, y les pidió una rosa. Al salir yo, se apartó de mis hermanas un tanto asombrado y, al igual que los que le habían precedido, cogió la rosa de mi mano en silencio.

Ahora, Richenel, que estaba pelando manzanas, se levantó inmediatamente para atenderle y le llevó a la gran cama de mi padre. Mandó a Idelies a avisar a Lucretia, diciéndole que trajera toda clase de hierbas contra enfermedades internas. "¡Dile que se trata del vientre!", añadió, y por la alteración de su voz noté que Tiras le gustaba sobremanera. Apenas había salido Idelies, Richenel irrumpió en el desván suplicándome que no apareciera.

"La gente te tiene miedo", dijo zalamera. "Y este hombre está muy enfermo. Por favor, no lo pongas peor de lo que está." Bajé la vista y le prometí que bajo ningún concepto me acercaría al lecho del paciente. "¿Hay alguien más en casa?", oí preguntar a Tiras cuando ella regresó. "No, no", se apresuró a decir Richenel. "Eso era mi loro, nada más." "¿No tenías una hermana pequeña, más joven que la chica que ha ido a ver a la señora de las hierbas?" "Ah, está de viaje." Oí cómo el tallista de flautas entre gemidos se daba la vuelta en la cama. De puntillas fui a la habitación de mi madre y me senté frente al espejo. La chica que veía era casi adulta y tenía una cara estrecha, blanca. Tenía la nariz recta y los ojos grandes. De mi transparencia de antes ya casi no quedaba rastro alguno. Difícilmente podía creer que yo asustara a nadie. Durante días permanecí en el desván y en el cuartito de mi madre, desde donde seguía el viaje de mi padre. Idelies me traía comida, dos cepillos y un saco lleno de lana para cardar y así tenía una ocupación. Echaba de menos a mi jabalí y al rosal, que por entonces ya habría perdido todas sus hojas. Cubriéndome la boca y la nariz con un paño para protegerme de las pelusas voladoras, escuchaba durante horas la melancólica música de flauta que a través del suelo de madera llegaba a mi oído desde la habitación del enfermo. Era un sonido absolutamente extraño, porque era como si hubiese dos flautistas. A veces creía que había vuelto mi padre y que era él quien tocaba la otra flauta, pero en mi espejo veía que todavía estaba de camino. Richenel casi nunca dejaba solo a su paciente pero cuando lo hacía (para traer agua del pozo o ir por más leña), oía cómo el tallista de flautas rápidamente se levantaba de la cama y registraba la casa. Alguna vez le oí subir la escalera del desván, pero siempre regresaba deprisa a la cama cuando oía la llegada de mi hermana. Un día ella tardó más de lo habitual. Yo estaba completamente quieta sobre mi cama, trabajando en un cuello de encaje para mi padre, cuando de repente abrió la trampilla. Se quedó boquiabierto del asombro y yo me quedé igualmente perpleja.

"La chica de la rosa", dijo, más para sí mismo que a mí. "Lo sabía." Cayó de rodillas y me dijo que había venido por mí. "Jamás he contemplado una mujer como usted", dijo ahogando un sollozo. "De su rostro sale una luz que solamente he visto en las vidrieras de las catedrales." Los bolillos se enredaron entre mis dedos. Bajé la vista y volví a subirla y otra vez la bajé. Nunca había pensado en mí misma como en una mujer y jamás me había considerado atractiva. El joven me miró tan suplicante, los labios le temblaban y los ojos se le nublaban tanto, que una infinita piedad surgió en mí y le permití tocarme las manos. Los elfos, que estaban en el suelo, escondían la cabeza entre los hombros por no ser testigos. Descuidados, no oyeron la llegada de Richenel. Mis hermanas echaron al tallista de flautas Tiras porque no estaba enfermo en absoluto y por haber subido a mi cuarto. Con las tijeras que encontró en mi costurero, Idelies cortó las ramas de mi rosal y se las arrojó a Zoran, que al instante soltó un agudo chillido. Pero el arbusto violado no pudo ahuyentar al tallista de flautas. Volvía una y otra vez, hasta que Richenel e Idelies encargaron a un cazador que conocían poner trampas para lobos alrededor de la casa. Me quedé sola junto a mi imagen en el espejo, que durante días me miraba como un ser extraño. De cuando en cuando salía secretamente de la casa para ir al cobertizo, donde encendía el hornillo, me desnudaba y me tumbaba sobre el heno. El jabalí verrugoso comprendía mi necesidad. Se puso sobre mi cuerpo, como solía hacer cuando era una niña de cinco años, y con su áspera lengua masajeante me daba lametones en la piel del cuello y los muslos. Mientras tanto, yo hacía de todo para ignorar a los elfos a mi alrededor que en los momentos más inoportunos se cogían de la mano y cantaban al corro: "Él volverá pronto, volverá pronto, quieras o no, pronto volverá."

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